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La visita turística más rápida por Nueva York.

El palentino Emilio Rodríguez Barbero regresa encantado tras participar en el Maratón más famoso del mundo.

J.OLANO/PALENCIA

Emilio Rodríguez Barbero saluda a sus acompañantes, que le fotografían en la primera parte del recorrido. Ha recuperado el tono de sus piernas, prueba de ello es que a solo cuatro días de participar en el maratón más famoso del mundo ya ha salido a entrenar de nuevo. El palentino Emilio Rodríguez Barbero ha vuelto encantado de la experiencia, no solo por la prueba deportiva en sí -ha superado su récord, terminando el recorrido en el puesto 2.082, con un tiempo de 3 horas, 15 minutos y 30 segundos, un cuarto de hora menos que su mejor marca-, sino por el ambiente vivido durante los 42 kilómetros, por el contacto con los dispares e inusuales habitantes de los cinco barrios de Nueva York por donde discurre la marcha.

«Correr en Nueva York es caro, pero es una forma de hacer turismo», afirma Emilio Rodríguez recordando los cuatro días que ha pasado en la ciudad de los rascacielos con su mujer Alicia y con una pareja de amigos de Valladolid.

La idea de participar en la trigésima séptima edición del maratón más famoso del mundo comenzó a rondarle a Emilio Rodríguez, farmacéutico de profesión, al terminar el pasado mes de abril en la carrera de Madrid con un tiempo de 3 horas y media. Pero sin tiempo a meditarlo demasiado porque al día siguiente de la carrera de Madrid se cerraba el plazo para inscribirse en el maratón de Nueva York, Emilio se apuntó -tenía la marca mínima exigida- entre la larga lista de 93.000 aspirantes, que luego se redujeron a 38.368 corredores.

Antes, no mucho antes, -porque tan solo empezó a correr como una de sus aficiones deportivas hace catorce meses- había participado en medios maratones, y lo que nunca pensó es que seguiría el mismo trayecto que el mismísimo Lance Amstrong, el ex ciclista norteamericano que acaparó toda la atención gráfica el pasado domingo por Manhattan.

Quizás Emilio Rodríguez no recibió tantos 'flashes' -sí los de sus compañeros de viaje, con los que había quedado en dos puntos del recorrido para saludarse, y al final para recibirle- pero se sintió igualmente arropado y dichoso entre los más de 38.000 corredores -alrededor de 400 españoles e incontables japoneses, alemanes y franceses, las nacionalidades con más representantes-. Porque lo que ha llamado mucho la atención de este palentino es que, a diferencia de otros maratones en España, los 42 kilómetros del recorrido estaban plagados de público volcado con los participantes, no solo con los plusmarquistas, sino con los miles de corredores anónimos que paralizaron la ciudad para convertirla en una pista de atletismo.

Y es que los neoyorquinos se echaron a la calle viviendo una auténtica jornada de fiesta, no una prueba deportiva. «Los niños te ofrecían caramelos, te querían dar la mano, las mujeres salían de sus casas con plátanos, manzanas y agua, todos querían ayudarte en lo que podían», dice entusiasmado, recordando también incluso los populares y laureados coros gospel de las iglesias afroamericanas. Queens, Brooklyn, Manhattan, Bronx y Staten Island mostraron todas sus caras a los participantes en el maratón, que sintieron que estaban viviendo la visita turística más rápida pero más hermosa de la gran ciudad de más de ocho millones de habitantes.

Confiesa que no tenía mucha simpatía a los norteamericanos, pero la amabilidad, hospitalidad y la gentileza en la que se ha visto inmerso casi le han hecho cambiar de opinión. La organización ha sido perfecta para Emilio Rodríguez desde que se inscribió hace seis meses -el medio año que ha estado entrenando entre 50 y 80 kilómetros por semana-, porque constantemente ha estado recibiendo correos electrónicos informándole de los preparativos e incluso facilitándole hoteles y vuelos para llegar hasta el Nueva York City que le esperaba el 5 de noviembre.

Para el recorrido se habían establecido tres salidas en función del tiempo que inicialmente los corredores se habían fijado y durante todo el trayecto había marcadores de ritmo, corredores de la organización que se adaptaban a la marcha de los participantes. Emilio Rodríguez se apuntó al corral de salida de las 3 horas y 15 minutos y pudo aguantar bien el ritmo -más dicharachero y disfrutando de los encantos de la ciudad en los primeros tramos- hasta los últimos cinco kilómetros, «que fueron de auténtico sufrimiento», reconoce.

En todos los idiomas

Al final del trayecto, centenares de personas de la organización recibían a los corredores, les recogían los chips con los que informáticamente se registraba su entrada en meta, les arropaban con una manta y les hablaban en el idioma que requerían -en sus gorras indicaban la lengua que interpretaban- y les conducían hasta los camiones que estaban ordenados alfabéticamente a modo de taquillas para recoger su ropa y pertenencias. Ahí se maldijo Emilio por apellidarse Rodríguez, porque al cansancio y derrengamiento con el que ya no podía tuvo que añadir otro paseo hasta el camión con la letra erre.

Después, una ducha rápida y hasta el aeropuerto JFK, de donde se trajo el único sinsabor de toda su experiencia. Y es que las exacerbadas medidas de seguridad para tomar un avión en el aeropuerto neoyorquino son tales que es imposible olvidar el azote con el que el terrorismo golpeó a la ciudad de los rascacielos aquel 11 de septiembre del 2001. Sin tiempo casi ni para descansar -aunque confiesa que se encuentra plenamente recuperado-, Emilio Rodríguez ya piensa en su próxima cita importante: el maratón de Berlín de septiembre del 2007. Y seguro que antes habrá otros, porque asegura que, por encima de todo, «lo paso muy bien, y si además puedo hacer turismo y conocer gente, mucho mejor».

Fuente: NorteCastilla.es 12/11/06

 

 

 
 


 

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